La ejemplaridad social acaba en asesinato

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8 mayo, 2015 por AlbaChaparro

Hoy publica El País una noticia de un hombre que, supuestamente, ha matado a su mujer mientras ésta estaba ingresada en el hospital por una agresión que, según sospechas policiales, le había propinado él mismo. La jueza rechazó una orden de alejamiento que había solicitado la Guardia Civil. Hoy la mujer está muerta. El alcalde Verín (Galicia), el pueblo donde residían asesino y asesinada, se ha mostrado muy sorprendido con la noticia, ya que el hombre tenía “un carácter modélico” y ambos formaban “un matrimonio ejemplar”.

Cuando leo este tipo de declaraciones siempre me asalta la pregunta sobre el significado de ejemplaridad, y el por qué tenemos tan afablemente asumido el doble rasero con el que medir nuestro perfil público respecto de nuestro perfil privado. No hace falta ser Juan Carlos I para tener un doble rasero con el que pedir ejemplaridad a la vez que ir a cazar elefantes con la sombra del rescate cerniéndose sobre España. Tampoco hace falta ser Mariano Rajoy para exhortar ejemplaridad mientras se mandan sms animando a tesoreros corruptos. Me refiero al doble rasero que tenemos todos y cada uno de nosotros mismos, los nadies, los ciudadanos de a pie, los que sorprendemos a nuestro alcalde cuando matamos a nuestra mujer, los que matamos profesores con una ballesta, los que secuestramos aviones y los estrellamos en los Alpes franceses, los que aparentemente somos personas normales hasta que de dejamos de serlo.

Ejemplaridad significa no dar “el cante”, hacer lo que se supone dentro del redil y ante las injusticias calladitos, que las notas disonantes nunca agradan al poder. Que nunca sabremos si necesitaremos algo del poder, aunque a día de hoy ese poder nos pise el cuello.

Ejemplaridad significa ser políticamente correcto, socialmente educado, poner la otra mejilla, contestar los agravios con sonrisas aunque por dentro queramos reventar, pero parezcamos elegantes y que no se note que nos ofendieron.

Ejemplaridad significa vestir como dictan las marcas, con un estilo sencillo y con una ropa discreta a no ser que esa ropa sea cara. Seamos juiciosos al elegir el peinado, no provoquemos con nuestras “pintas”. Todo el mundo sabe que la maldad es directamente proporcional al número de piercings, tatuajes y veces que nos teñimos/rapamos el pelo al año.

Ejemplaridad significa que tus vecinos piensen que eres una persona normal, que no des la nota. Que en tu casa no haya una voz más alta que otra, que no te oigan discutir ni hacer el amor, que les saludes aunque ellos no te devuelvan el saludo y que te vean semanalmente acudir al mercado.

Ejemplaridad significa pasar desapercibido, que nadie hable de ti. Que no llames la atención por quejarte de lo abusivo, que tu estética no sea diferente de lo socialmente establecido, que no discutas con tu pareja, que no grites en momentos de desfogue, que cualquiera de tus hijos no salga demasiado ni vuelva borracho a casa, que tu nieto sepa dar las gracias, que tu abuela salude al impresentable del tercero, que tu marido no vaya al bar sin ti, ¡por Dios, que tu mujer no vaya al bar sin ti!, que seas una persona trabajadora y a la vez siempre tengas la casa limpia -incluso en las semanas de currar 12 horas diarias-, que no seas una alguien solitario pero tampoco traigas amigos ruidosos a cenar a casa -y si trabajas 12 horas diarias, a ver cómo te las apañas-, que no te pases el día en la madriguera pero no gastes dinero y, en definitiva, que nadie hable de ti. Que si hablan de ti, por algo será. Y hagamos como que todos somos perfectos y podemos criticarlo todo.

Podemos criticar que ese niño no estudia, aunque nuestro hijo esté repitiendo curso.
Podemos criticar que nuestra hermana no quiere hacer una carrera, aunque hayamos tardado siete años en sacarnos una diplomatura.
Podemos criticar que nuestra amiga trata mal a su novio, aunque le estemos poniendo los cuernos al nuestro.
Podemos criticar que nuestro primo no sabe lo que es dar un palo al agua, aunque rechacemos trabajos porque cobramos más en el paro.
Podemos criticar las relaciones ajenas, aunque llevemos tres meses sin dar una muestra de afecto a nuestra pareja.
Podemos criticar la sumisión de un compañero de trabajo ante el jefe, aunque nos llevemos trabajo a casa que nunca cobramos.
Podemos criticar el penalti que no pitaron a favor de nuestro equipo, aunque cuando no era penalti y sí lo pitaron… son cosas del fútbol.
Podemos criticar que los políticos roben de nuestros impuestos, pero hace años que no compro bolígrafos porque me los llevo de la oficina.
Podemos criticar a quien confunde puntualmente una b con una v, aunque haga siglos que no ponemos una tilde en el WhatsApp.
Podemos criticar que éste o aquél no recicle, aunque nos comamos un chicle y tiremos el envoltorio al suelo.
Podemos criticar el maltrato animal o la deforestación amazónica, aunque comamos en McDonald´s y nos maquillemos con cosméticos que se crean a partir de investigaciones vejatorias.
Podemos criticar que nuestro salario es irrisorio y la situación laboral está precarizada, aunque no sepamos el significado de una huelga o no rechistemos por trabajar el Primero de Mayo.
Podemos criticar la explotación infantil, aunque compremos la ropa en Zara y los productos electrónicos “made in Taiwan”.

Por poder… podemos criticarlo todo. Podemos proyectar hacia fuera y no mirar hacia nuestras propias incongruencias. Podemos criticar las incongruencias del resto, como si el ser humano no fuese una contradicción con patas. Podemos buscar comportamientos ejemplares aunque nosotros mismos seamos conscientes de no ser ejemplares.

Y cuando alguien ejemplar, de repente, hace algo que nos extraña… es sorpresivo y buscamos la explicación lógica: alguna psicopatía o problema psicológico. Como si el entorno y nosotros mismos no fuéramos culpables de los problemas psicológicos del resto, como si no estuviéramos todos un poco locos y a cualquiera se nos pudiera ir la cabeza en un determinado momento, como si los problemas emocionales fueran algo individual y nuestra sociedad no tuviera en sí misma fallos, como si viviéramos en un entorno perfecto que únicamente tiene algún que otro experimento errático. ¿Cómo? Proyectando hacia fuera. Como si los problemas psicológicos no fuesen algo inherente al ser humano y debieran normalizarse por todos para buscar su efectiva solución.

Porque si en Estados Unidos hay jóvenes que se meten en colegios a matar profesores, es que están de la olla. Y si en España un adolescente mata a un maestro con una ballesta, es que está de la olla. Y si en un vuelo alguien de la tripulación estrella el avión en los Alpes franceses, es que está de la olla. Y sigamos proyectando hacia fuera, haciendo como que los problemas sociales son casos aislados que se pueden estigmatizar bajo la etiqueta de problema psicológico e individual, como si nadie tuviera nada que ver en que haya personas a las que se les vaya la olla, sigamos lavándonos las manos respecto a la incidencia que podamos tener en nuestro entorno, que así nos va. Lo importante es detectar la patología, poder estigmatizar al malhechor con la inscripción de perturbado o psicológicamente inestable.

Lo que más gracia me hace es cómo hay muchas acciones para las que nos falta tiempo catalogar como patología (véase asesinar maestros con una ballesta), y hay otras acciones que no es que sean patologías, es que son comportamientos que se escapan de la ejemplaridad (véase asesinar a tu mujer ingresada en un centro hospitalario). Claro, todo el mundo sabe que el odio hacia un profesor -impuesto- es algo mucho más ilógico que el odio hacia la persona con la que compartes -voluntariamente- tu vida. Seré una loca, pero seguiré pensando que la patología la tenemos como sociedad.

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