El feminismo comienza en las relaciones sexuales

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16 abril, 2015 por AlbaChaparro

Ayer estuve tomando unas cañas con un par de amigas y, como nos ocurre habitualmente, acabamos hablando de erotismo, chicos, chicas, relaciones y la forma en que orientamos nuestros hábitos sexuales. Siempre que hablo de sexo con amigas me voy a casa con la misma sensación: las relaciones heterosexuales están totalmente orientadas al orgasmo masculino. El femenino parece ser cuestión de suerte. Una de ellas lo describió ayer con una elocuencia extraordinaria: “tú vas a pasártelo bien, y si te corres, eso que te llevas”. No es la primera vez que escucho afirmaciones de ese tipo, y no deja de asombrarme.

Las relaciones sexuales son cosa de dos y, como tal, deberían orientarse hacia los dos. Sin embargo, tenemos tan inherentemente asumida la penetración como núcleo del placer, que la eyaculación masculina parece ser el final inequívoco de la concomitancia, independientemente de si la mujer ha alcanzado el clímax o no. Resulta paradójico algo así en pleno siglo XXI, cuando hemos intentado dejar atrás los preceptos religiosos de hacer el amor con el único fin de procrear, cuando desarrollamos el concepto de sexualidad como punto clave de las relaciones de pareja, y cuando existen múltiples prácticas sexuales que acompañan a la penetración y tratan de convertir la intimidad en algo más divertido.

Resulta chocante imaginar a una mujer alcanzando el orgasmo y desentendiéndose de la complacencia masculina, dejando la eyaculación del hombre a su suerte mientras ella decide abandonarse a Morfeo. No resulta tan inverosímil el caso contrario. Por tanto, me pregunto si no estamos concediendo cierta aprobación a esta clase de micromachismo. Pretendemos alcanzar igualdad laboral, ecuanimidad política, respeto mutuo y equidad social olvidando la base de las relaciones comunitarias: la pareja. Es difícil exigir igualdad en lo racional si no somos capaces de exigir igualdad en lo más primario.

Esta disertación no me viene a la mente solo por la charla de ayer con mis dos amigas. Reitero que es una conclusión a la que suelo llegar cada vez que hablo de sexo y, además, hoy ha sido especialmente reveladora al leer el periódico: un artículo de El Confidencial que divulgaba el beso de Singapur, una técnica que provoca el “superorgasmo a hombres y mujeres”. Desgranando el texto, se acaba observando que el truco consiste en que la mujer contraiga el músculo pubocoxígeno -situado en el suelo de la pelvis- para estimular la erección masculina. Si también se estimula el orgasmo femenino es, cómo no, cuestión de suerte. Para más inri, este artículo que indica a las mujeres cómo han de de contraer sus músculos pélvicos está escrito por un hombre. Qué revelador.

Desde luego, potenciar el placer masculino es un hecho positivo que debemos tener en cuenta, siempre y cuando no olvidemos que el placer femenino también es algo a estimular y que, en los asuntos de alcoba, debemos partir de una base igualitaria. Concentrar toda la atención en la penetración, no prestar suficiente atención a los preliminares o prescindir del erotismo como parte del sexo son, sin duda, comportamientos falocéntricos que suponen una variante de micromachismo. Para hablar con plenitud de revolución sexual, emancipación femenina y del “cuando yo quiero y con quien yo quiero”, resulta primordial no quedarnos a medias. El éxtasis debe ser el final de los dos, igual que de dos es el acto sexual.

Que nos presten atención y nos ayuden a buscar el clímax, igual que nosotras conseguimos que ellos alcancen el suyo, no es generosidad por su parte, es recibir el mismo trato que estamos ofreciendo. Y el primer paso para exigir ese trato es que nosotras no olvidemos que el placer ha de ser mutuo, y el orgasmo también.

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