El periodismo muerto

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2 diciembre, 2011 por AlbaChaparro

El fin del periodismo es un augurio que lleva copando los debates sobre comunicación no sólo los últimos años, sino las últimas décadas. Que ahora, mejor que nunca, seamos conscientes de que la información es tratada como un bien con objetivos rentables más que como un servicio público no significa que el periodismo aún esté vivo, ya que lo único que está vivo es el afán de lucro de aquellos que poseen los medios.

No quisiera desvirtuar la magia de esta profesión tan hermosa –siempre y cuando se sigan las directrices de la ética-, pero me atrevería a decir que, por lo general, la vocación periodística a lo largo de la historia sólo ha sido real en aquellos que aún no habían conseguido obtener un poder periodístico real. Que actualmente los fines del periodismo sean claramente no periodísticos no significa que antaño sí lo fueran, lo que pasaba es que no era de recibo que el público aceptase táciamente que le estaban vendiendo algo como lo que no era.

A partir del siglo XVIII, cuando se puede comenzar a hablar de periodismo como tal, la prensa se utilizaba como un arma política de doble filo: coacción de los que ostentaban el poder y ansia de libertad de los que lo anhelaban (para acabar coartando dicha libertad en caso de hacerse con el poder). En España, por ejemplo, el caso más claro viene en el siglo XIX de la mano de Espartero.

A nivel mundial, no fue hasta el siglo XIX cuando se comenzó a hablar de un periodismo serio, basado en una deontología profesional y utilizado como un bien común para ejercer el derecho a la información de todo ciudadano. Sin embargo, el liberalismo ya era un hecho y bajo el pretexto de la libertad de expresión se quisieron eliminar las protecciones estatales de los cables telegráficos para garantizar auténticos monopolios privados de dichas redes.

En el siglo XX, el de las ideologías, el periodismo fue una maraña de mentiras y propaganda que sirvió para manipular a las masas adormecidas, o quizás hastiadas de los conflictos internacionales, que terminaron creyendo aquello de que todo hombre tiene derecho a ser feliz en la Tierra y tiene las mismas posibilidades de ser lo que quiera.

Actualmente, nos damos cuenta de que los que ostentaron el poder en el siglo XVIII son los que se lo disputaron en el siglo XIX, nos hicieron creer que cualquiera podría ostentarlo en el XX para darnos un bofetón de realidad en el XXI. La pena es que antaño el periodismo se vestía de un traje más elegante, se le llenaba la boca al decir: “vamos a cambiar el mundo”, y ahora abarata costes en retórica para decir abiertamente: “lo único que me interesa es tu dinero, el que me otorgues como cliente o el que te expropie como patrón”.

Huelga decir que las pretensiones periodísticas de hace un siglo eran mucho más loables que las de ahora, por lo que la vocación hoy en día sigue siendo, en gran medida, convertirse en un Larra, en un Azaña o en un Prieto; pero en el mundo que nos ha tocado vivir no conviene soñar con que se llega a las nubes sin ser capaz de mantener los pies en el suelo, por lo que es una banalidad alegar que el periodismo está muriendo a causa de las macroempresas que solo lo son por lo que pueden obtener a cambio.

El periodismo murió desde que nació, puesto que el bien común sólo lo fue cuando resultó rentable. Ahora lo rentable es publicar noticias de redactores freelances que escriben para sentirse realizados a cambio de nada, sin titulación ni conocimientos sobre comunicación, o emitir programas de interés público deleznable, pero ése es otro cantar.

La única salida en la actualidad para ser fiel a uno mismo y para hacer periodismo de calidad está en el mismo lugar en el que se encuentra la guillotina comunicacional: la web. La única salida es que los que realmente quieren alzar la voz para gritar al mundo hay algo que va mal parece tomar la forma de la web 2.0. Los blogs son el perfecto instrumento para hacer periodismo de calidad, autofinanciado, pero de calidad (porque seguramente apenas nadie leerá lo que en ellos se escriba y de tal manera no se flirteará con un poder que sea capaz de corromper a nadie). Habrá que buscarse otro trabajo, pero es el precio que hay que pagar por hacer un buen trabajo. Para hacer cualquier cosa ya están otros.

De esta forma, a los que nos denominan “puristas del lenguaje” por el simple hecho de escandalizarnos cuando en la red vemos escrito un “haber” en lugar de un “a ver”, se nos abre un nuevo camino para hacer pervivir el espíritu periodístico, y aquellos a los que realmente el periodismo les da igual (la inmensa mayoría) se les puede seguir ofertando calidad de la mano de “periodistas estrella” que, en el mejor de los casos, se apellidan Esteban o Vázquez.

¿De qué nos vamos a sorprender a estas alturas? Hemos llegado a este punto porque realmente, actuando como masa, hemos decidido que no nos interesa el periodismo de calidad.

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